Nacional fue campeón futbolístico de la temporada. Pero sobre todo, fue campeón anímico. Supo reponerse a lo más terrible que le puede pasar a un grupo humano que tiene un objetivo en común: la pérdida de uno de sus peones. Perdió a un gran ser humano, que permanentemente se lo recordó por el impulso que daba desde el cielo y al que se le retribuyó con un "Oreja, Oreja", desde que dejó de existir físicamente.